Estaba tumbado boca arriba en la vieja cama de la buhardilla. El viejo colchón, aunque cómodo, se hundía bajo su peso.
Su vista se clavó en las tablas de madera del techo. Se extendían a lo largo de la habitación, de un extremo al otro; inclinadas desde el punto superior sobre su cabeza hacia un punto inferior en la pared contraria. Grandes vigas de madera atravesaban y sujetaban el peso de las tablas, pero en el sentido opuesto, desde la pared izquierda hasta la pared derecha.
Colocó su brazo izquierdo debajo de su cabeza y permaneció mirando el inclinado techo durante largos minutos. Su mente vagó por entre las tablas de madera, pensando en su rigidez, en las tormentas que tenían que soportar, en su firmeza. Su vida no era mucho más que esas tablas de madera. También él tenía que ser rígido, firme y soportar las tormentas del día a día.
Su mente acabó volviendo al momento presente, a su actual tormenta. Miró a su derecha, y allí estaba ella, la chica de los ojos verdes cuyo nombre ni tan siquiera se había aprendido. Permanecía inmóvil, con una suave respiración y un sueño ligero. No pudo evitar envidiarla. Era hermosa, y dormía en paz. Pero tampoco pudo evitar pensar en ella como un objeto.
Noche tras noche compartía su cama, pero nunca había pensado en ella como algo más, como algo distinto. Y ese momento tampoco era un momento especial. Ella se había encariñado, pero él...Para él, ella siempre seguiría siendo la mujer con la que tener sexo cada noche, pero de la cual no había que encargarse la mañana siguiente.
Volvió a dirigir su mirada al techo de madera y pensó en sus tormentas y sus tormentos. No sabía cómo había llegado a tal punto ni por qué. Sólo sabía lo que algún dia fue, y lo que nunca volvería a llegar a ser.
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