Era de noche un 24 de diciembre, no recuerdo bien de que año. El fuego chispeaba en la chimenea, inundando el salon de un cálido ambiente.
Fuera, el ondulado páramo se cubría de blanca nieve mientras un suave viento azotaba las ramas de los árboles, dormidos por el frío del invierno.
Estaba disfrutando del momento, mirando la ardiente chimenea, bebiendo el poco whisky que quedaba en mi copa y apurando las últimas caladas de mi vieja pipa.
Soñaba despierto con esas reuniones familiares, esas cenas, discusiones acaloradas y risas sinceras; mientras que la soledad, esa bendita y deseada soledad, consumía las últimas horas de la noche.
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