lunes, 27 de marzo de 2017

Ojala fuera siempre así de fácil


Estaba solo en la pequeña habitación.
No tenía nada más que una cama, un escritorio pequeño, un armario y un lavabo. De las paredes colgaban únicamente una pequeñísima estantería y un crucifijo. No había absolutamente nada más. Podía recorrer la estancia a lo largo con tres zancadas, y a lo ancho apenas podía extender los brazos.
Pero no necesitaba nada más.

Ni televisión, ni aparatos tecnológicos, ni nada con lo que entretenerme. Nada más que yo, mi papel y mi boli; al encuentro de lo que sucediera. Y ciertamente no pasó nada especial: no tuve un gran encuentro con Dios, ni descubrí una nueva verdad teológica necesaria para el ser humano. No. Simplemente me di cuenta de que no se necesitan demasiadas cosas para ser feliz...


No hay comentarios:

Publicar un comentario